<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-23839212</id><updated>2011-04-21T18:57:41.723-05:00</updated><title type='text'>Deus Caritas est (Dios es amor)</title><subtitle type='html'>Por: Benedicto XVI</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://deus-caritas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23839212/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://deus-caritas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Arquidiócesis Barranquilla</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09320164247482363267</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://img228.imageshack.us/img228/6842/escudo3djr2.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>1</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23839212.post-114203515305052632</id><published>2006-03-10T18:57:00.000-05:00</published><updated>2006-03-11T12:04:59.050-05:00</updated><title type='text'>Deus Caritas est (Dios es amor)</title><content type='html'>&lt;h6 style="text-align: center;" class="textopapajustificar"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;INTRODUCCIÓN&lt;/span&gt;&lt;/h6&gt;             &lt;p style="text-align: justify;" class="textopapajustificar"&gt;1. «Dios es              amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él»              (&lt;i&gt;1 Jn &lt;/i&gt;4, 16). Estas palabras de la&lt;i&gt; Primera carta de Juan&lt;/i&gt;              expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la              imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre              y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece,              por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana:              «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído              en él».&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;           &lt;/div&gt; &lt;p style="text-align: justify;" class="textopapajustificar"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;Hemos creído en el amor de Dios&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;:              así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida.              No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea,              sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que              da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.              En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las              siguientes palabras: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo              único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna» (cf.              3, 16). La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido              lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una              nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza              cada día con las palabras del &lt;i&gt;Libro del Deuteronomio&lt;/i&gt; que, como              bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: «Escucha, Israel:              El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el              corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (6, 4-5). Jesús,              haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del              amor a Dios con el del amor al prójimo, contenido en el&lt;i&gt; Libro del              Levítico&lt;/i&gt;: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (19, 18; cf. &lt;i&gt;Mc              &lt;/i&gt;12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero              (cf.&lt;i&gt; 1 Jn &lt;/i&gt;4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento»,              sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;           &lt;/div&gt; &lt;p style="text-align: justify;" class="textopapajustificar"&gt;En un mundo              en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza              o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje              de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en              mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma,              y que nosotros debemos comunicar a los demás. Quedan así delineadas              las dos grandes partes de esta Carta, íntimamente relacionadas entre              sí. La primera tendrá un carácter más especulativo, puesto que en              ella quisiera precisar —al comienzo de mi pontificado— algunos puntos              esenciales sobre el amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita,              ofrece al hombre y, a la vez, la relación intrínseca de dicho amor              con la realidad del amor humano. La segunda parte tendrá una índole              más concreta, pues tratará de cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento              del amor al prójimo. El argumento es sumamente amplio; sin embargo,              el propósito de la Encíclica no es ofrecer un tratado exhaustivo.              Mi deseo es insistir sobre algunos elementos fundamentales, para suscitar              en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana              al amor divino.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;PRIMERA PARTE&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;strong&gt;LA              UNIDAD DEL AMOR EN LA CREACIÓN Y EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;Un              problema de lenguaje&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;2. El amor              de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea              preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros.              A este respecto, nos encontramos de entrada ante un problema de lenguaje.              El término «amor» se ha convertido hoy en una de las palabras más              utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones              totalmente diferentes. Aunque el tema de esta Encíclica se concentra              en la cuestión de la comprensión y la praxis del amor en la Sagrada              Escritura y en la Tradición de la Iglesia, no podemos hacer caso omiso              del significado que tiene este vocablo en las diversas culturas y              en el lenguaje actual.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;En primer              lugar, recordemos el vasto campo semántico de la palabra «amor»: se              habla de amor a la patria, de amor por la profesión o el trabajo,              de amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares,              del amor al prójimo y del amor a Dios. Sin embargo, en toda esta multiplicidad              de significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre              el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo              y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad              que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera              vista, todos los demás tipos de amor. Se plantea, entonces, la pregunta:              todas estas formas de amor ¿se unifican al final, de algún modo, a              pesar de la diversidad de sus manifestaciones, siendo en último término              uno solo, o se trata más bien de una misma palabra que utilizamos              para indicar realidades totalmente diferentes?&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;«Eros»              y «agapé», diferencia y unidad&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;3. Los antiguos              griegos dieron el nombre de&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; al amor entre hombre y mujer,              que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido              se impone al ser humano. Digamos de antemano que el Antiguo Testamento              griego usa sólo dos veces la palabra&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt;, mientras que el              Nuevo Testamento nunca la emplea: de los tres términos griegos relativos              al amor —&lt;i&gt;eros&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;philia&lt;/i&gt; (amor de amistad) y &lt;i&gt;agapé&lt;/i&gt;—,              los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje              griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (&lt;i&gt;philia&lt;/i&gt;),              a su vez, es aceptado y profundizado en el &lt;i&gt;Evangelio de Juan&lt;/i&gt;              para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos. Este relegar              la palabra &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt;, junto con la nueva concepción del amor que              se expresa con la palabra&lt;i&gt; agapé&lt;/i&gt;, denota sin duda algo esencial              en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender              el amor. En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con              creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad ha              sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según              Friedrich Nietzsche, habría dado de beber al&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; un veneno,              el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El filósofo alemán              expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con              sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más              hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente              allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos              ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;4. Pero, ¿es              realmente así? El cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el&lt;i&gt;              eros&lt;/i&gt;? Recordemos el mundo precristiano. Los griegos —sin duda              análogamente a otras culturas— consideraban el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; ante todo              como un arrebato, una «locura divina» que prevalece sobre la razón,              que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este              quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la              dicha más alta. De este modo, todas las demás potencias entre cielo              y tierra parecen de segunda importancia:&lt;i&gt; «Omnia vincit amor»&lt;/i&gt;,              dice Virgilio en las &lt;i&gt;Bucólicas &lt;/i&gt;—el amor todo lo vence—, y añade:&lt;i&gt;              «et nos cedamus amori»&lt;/i&gt;, rindámonos también nosotros al amor.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn2" name="_ftnref2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; En el campo de              las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad,              entre los que se encuentra la prostitución «sagrada» que se daba en              muchos templos. El&lt;i&gt; eros &lt;/i&gt;se celebraba, pues, como fuerza divina,              como comunión con la divinidad.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;A esta forma              de religión que, como una fuerte tentación, contrasta con la fe en              el único Dios, el Antiguo Testamento se opuso con máxima firmeza,              combatiéndola como perversión de la religiosidad. No obstante, en              modo alguno rechazó con ello el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; como tal, sino que declaró              guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización              del &lt;i&gt;eros &lt;/i&gt;que se produce en esos casos lo priva de su dignidad              divina y lo deshumaniza. En efecto, las prostitutas que en el templo              debían proporcionar el arrobamiento de lo divino, no son tratadas              como seres humanos y personas, sino que sirven sólo como instrumentos              para suscitar la «locura divina»: en realidad, no son diosas, sino              personas humanas de las que se abusa. Por eso, el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; ebrio              e indisciplinado no es elevación, «éxtasis» hacia lo divino, sino              caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt;              necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer              de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera              lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro              ser.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;5. En estas              rápidas consideraciones sobre el concepto de&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; en la historia              y en la actualidad sobresalen claramente dos aspectos. Ante todo,              que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor              promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente              distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se              constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente              en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y              maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar              el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; ni «envenenarlo», sino sanearlo para que alcance su              verdadera grandeza.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;Esto depende              ante todo de la constitución del ser humano, que está compuesto de              cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma              forman una unidad íntima; el desafío del&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; puede considerarse              superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera              ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia              meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por              el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia,              el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza.              El epicúreo Gassendi, bromeando, se dirigió a Descartes con el saludo:              «¡Oh Alma!». Y Descartes replicó: «¡Oh Carne!».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn3" name="_ftnref3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Pero ni la carne              ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura              unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando              ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente              él mismo. Únicamente de este modo el amor —el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt;— puede madurar              hasta su verdadera grandeza.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;Hoy se reprocha              a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad               y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el              modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El              &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt;, degradado a puro «sexo», se convierte en mercancía, en              simple «objeto» que se puede comprar y vender; más aún, el hombre              mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente              el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo              considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material              de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte,              además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo              que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez.              En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano,              que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra              existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino              que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del              cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe              cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como              uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran              recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza.              Ciertamente, el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; quiere remontarnos «en éxtasis» hacia              lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente              por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación              y recuperación.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;6. ¿Cómo hemos              de describir concretamente este camino de elevación y purificación?              ¿Cómo se debe vivir el amor para que se realice plenamente su promesa              humana y divina? Una primera indicación importante podemos encontrarla              en uno de los libros del Antiguo Testamento bien conocido por los              místicos, el&lt;i&gt; Cantar de los Cantares&lt;/i&gt;. Según la interpretación              hoy predominante, las poesías contenidas en este libro son originariamente              cantos de amor, escritos quizás para una fiesta nupcial israelita,              en la que se debía exaltar el amor conyugal. En este contexto, es              muy instructivo que a lo largo del libro se encuentren dos términos              diferentes para indicar el «amor». Primero, la palabra &lt;i&gt;«dodim»&lt;/i&gt;,              un plural que expresa el amor todavía inseguro, en un estadio de búsqueda              indeterminada. Esta palabra es reemplazada después por el término&lt;i&gt;              «ahabá»&lt;/i&gt;, que la traducción griega del Antiguo Testamento denomina,              con un vocablo de fonética similar,&lt;i&gt; «agapé»&lt;/i&gt;, el cual, como              hemos visto, se convirtió en la expresión característica para la concepción              bíblica del amor. En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda,              este vocablo expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado              a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter              egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor              es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí              mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más              bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al              sacrificio, más aún, lo busca.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;El desarrollo              del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva              el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en              cuanto implica exclusividad —sólo esta persona—, y en el sentido del              «para siempre». El amor engloba la existencia entera y en todas sus              dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera,              puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la              eternidad. Ciertamente, el amor es «éxtasis», pero no en el sentido               de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir              del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí              y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo,              más aún, hacia el descubrimiento de Dios: «El que pretenda guardarse              su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará» (&lt;i&gt;Lc &lt;/i&gt;17,              33), dice Jesús en una sentencia suya que, con algunas variantes,              se repite en los Evangelios (cf.&lt;i&gt; Mt&lt;/i&gt; 10, 39; 16, 25; &lt;i&gt;Mc &lt;/i&gt;8,              35;&lt;i&gt; Lc&lt;/i&gt; 9, 24;&lt;i&gt; Jn&lt;/i&gt; 12, 25). Con estas palabras, Jesús              describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a              la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y              muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su              sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la              esencia del amor y de la existencia humana en general.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;7. Nuestras              reflexiones sobre la esencia del amor, inicialmente bastante filosóficas,              nos han llevado por su propio dinamismo hasta la fe bíblica. Al comienzo              se ha planteado la cuestión de si, bajo los significados de la palabra              amor, diferentes e incluso opuestos, subyace alguna unidad profunda              o, por el contrario, han de permanecer separados, uno paralelo al              otro. Pero, sobre todo, ha surgido la cuestión de si el mensaje sobre              el amor que nos han transmitido la Biblia y la Tradición de la Iglesia              tiene algo que ver con la común experiencia humana del amor, o más              bien se opone a ella. A este propósito, nos hemos encontrado con las              dos palabras fundamentales: &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; como término para el amor              «mundano» y &lt;i&gt;agapé&lt;/i&gt; como denominación del amor fundado en la              fe y plasmado por ella. Con frecuencia, ambas se contraponen, una              como amor «ascendente», y como amor «descendente» la otra. Hay otras              clasificaciones afines, como por ejemplo, la distinción entre amor              posesivo y amor oblativo (&lt;i&gt;amor concupiscentiae &lt;/i&gt;– &lt;i&gt;amor benevolentiae&lt;/i&gt;),              al que a veces se añade también el amor que tiende al propio provecho.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;A menudo,              en el debate filosófico y teológico, estas distinciones se han radicalizado              hasta el punto de contraponerse entre sí: lo típicamente cristiano              sería el amor descendente, oblativo, el&lt;i&gt; agapé &lt;/i&gt;precisamente;              la cultura no cristiana, por el contrario, sobre todo la griega, se              caracterizaría por el amor ascendente, vehemente y posesivo, es decir,              el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt;. Si se llevara al extremo este antagonismo, la esencia              del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales              de la existencia humana y constituiría un mundo del todo singular,              que tal vez podría considerarse admirable, pero netamente apartado              del conjunto de la vida humana. En realidad,&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; y&lt;i&gt; agapé&lt;/i&gt;              —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente.              Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad              en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera              esencia del amor en general. Si bien el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; inicialmente es              sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa              de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada              vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad              del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará «ser para» el              otro. Así, el momento del&lt;i&gt; agapé&lt;/i&gt; se inserta en el&lt;i&gt; eros &lt;/i&gt;inicial;              de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza.              Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor              oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también              debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como              don. Es cierto —como nos dice el Señor— que el hombre puede convertirse              en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. &lt;i&gt;Jn&lt;/i&gt; 7, 37-38).              No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber              siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo,              de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. &lt;i&gt;Jn&lt;/i&gt; 19,              34).&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;En la narración              de la escalera de Jacob, los Padres han visto simbolizada de varias              maneras esta relación inseparable entre ascenso y descenso, entre              el&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; que busca a Dios y el &lt;i&gt;agapé &lt;/i&gt;que transmite el              don recibido. En este texto bíblico se relata cómo el patriarca Jacob,              en sueños, vio una escalera apoyada en la piedra que le servía de              cabezal, que llegaba hasta el cielo y por la cual subían y bajaban              los ángeles de Dios (cf.&lt;i&gt; Gn&lt;/i&gt; 28, 12;&lt;i&gt; Jn&lt;/i&gt; 1, 51). Impresiona              particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de              esta visión en su &lt;i&gt;Regla pastoral&lt;/i&gt;. El pastor bueno, dice, debe              estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le              será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo              de su ser, para hacerlas suyas: &lt;i&gt;«per pietatis viscera in se infirmitatem              caeterorum transferant»&lt;/i&gt;.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn4" name="_ftnref4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; En este contexto,              san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer              cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por              eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf.&lt;i&gt; 2 Co&lt;/i&gt;              12, 2-4; &lt;i&gt;1 Co&lt;/i&gt; 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que              entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este              modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. «Dentro [del              tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo]              se ve apremiado por los asuntos de los afligidos:&lt;i&gt; intus contemplationem              rapitur, foris infirmantium negotiis urgetur&lt;/i&gt;».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn5" name="_ftnref5" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;              &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;8. Hemos encontrado,              pues, una primera respuesta, todavía más bien genérica, a las dos              preguntas formuladas antes: en el fondo, el «amor» es una única realidad,              si bien con diversas dimensiones; según los casos, una u otra puede              destacar más. Pero cuando las dos dimensiones se separan completamente              una de otra, se produce una caricatura o, en todo caso, una forma              mermada del amor. También hemos visto sintéticamente que la fe bíblica              no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario              del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda              de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones.              Esta novedad de la fe bíblica se manifiesta sobre todo en dos puntos              que merecen ser subrayados: la imagen de Dios y la imagen del hombre.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;La              novedad de la fe bíblica&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;9. Ante todo,              está la nueva imagen de Dios. En las culturas que circundan el mundo              de la Biblia, la imagen de dios y de los dioses, al fin y al cabo,              queda poco clara y es contradictoria en sí misma. En el camino de              la fe bíblica, por el contrario, resulta cada vez más claro y unívoco              lo que se resume en las palabras de la oración fundamental de Israel,              la&lt;i&gt; Sh&lt;sup&gt;e&lt;/sup&gt;ma&lt;/i&gt;: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios,              es solamente uno» (&lt;i&gt;Dt &lt;/i&gt;6, 4). Existe un solo Dios, que es el              Creador del cielo y de la tierra y, por tanto, también es el Dios              de todos los hombres. En esta puntualización hay dos elementos singulares:              que realmente todos los otros dioses no son Dios y que toda la realidad              en la que vivimos se remite a Dios, es creación suya. Ciertamente,              la idea de una creación existe también en otros lugares, pero sólo              aquí queda absolutamente claro que no se trata de un dios cualquiera,              sino que el único Dios verdadero, Él mismo, es el autor de toda la              realidad; ésta proviene del poder de su Palabra creadora. Lo cual              significa que estima a esta criatura, precisamente porque ha sido              Él quien la ha querido, quien la ha «hecho». Y así se pone de manifiesto              el segundo elemento importante: este Dios ama al hombre. La potencia              divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega,              trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de              deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad              mueve el mundo&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn6" name="_ftnref6" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;—, pero ella misma              no necesita nada y no ama, sólo es amada. El Dios único en el que              cree Israel, sin embargo, ama personalmente. Su amor, además, es un              amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel              y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo              a toda la humanidad. Él ama, y este amor suyo puede ser calificado              sin duda como&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; que, no obstante, es también totalmente&lt;i&gt;              agapé&lt;/i&gt;.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn7" name="_ftnref7" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;Los profetas              Oseas y Ezequiel, sobre todo, han descrito esta pasión de Dios por              su pueblo con imágenes eróticas audaces. La relación de Dios con Israel              es ilustrada con la metáfora del noviazgo y del matrimonio; por consiguiente,              la idolatría es adulterio y prostitución. Con eso se alude concretamente              —como hemos visto— a los ritos de la fertilidad con su abuso del&lt;i&gt;              eros&lt;/i&gt;, pero al mismo tiempo se describe la relación de fidelidad              entre Israel y su Dios. La historia de amor de Dios con Israel consiste,              en el fondo, en que Él le da la&lt;i&gt; Torah&lt;/i&gt;, es decir, abre los ojos              de Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el              camino del verdadero humanismo. Esta historia consiste en que el hombre,              viviendo en fidelidad al único Dios, se experimenta a sí mismo como              quien es amado por Dios y descubre la alegría en la verdad y en la              justicia; la alegría en Dios que se convierte en su felicidad esencial:              «¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?...              Para mí lo bueno es estar junto a Dios» (&lt;i&gt;Sal &lt;/i&gt;73 [72], 25. 28).&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;10. El&lt;i&gt;              eros &lt;/i&gt;de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez&lt;i&gt;              agapé&lt;/i&gt;. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún              mérito anterior, sino también porque es amor que perdona. Oseas, de              modo particular, nos muestra la dimensión del &lt;i&gt;agapé &lt;/i&gt;en el amor              de Dios por el hombre, que va mucho más allá de la gratuidad. Israel              ha cometido «adulterio», ha roto la Alianza; Dios debería juzgarlo              y repudiarlo. Pero precisamente en esto se revela que Dios es Dios              y no hombre: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel?...              Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé              al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que yo soy              Dios y no hombre, santo en medio de ti» (&lt;i&gt;Os &lt;/i&gt;11, 8-9). El amor              apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor              que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su              amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente,              el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre              él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia              la justicia y el amor.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;El aspecto              filosófico e histórico-religioso que se ha de subrayar en esta visión              de la Biblia es que, por un lado, nos encontramos ante una imagen              estrictamente metafísica de Dios: Dios es en absoluto la fuente originaria              de cada ser; pero este principio creativo de todas las cosas —el&lt;i&gt;              Logos&lt;/i&gt;, la razón primordial— es al mismo tiempo un amante con toda              la pasión de un verdadero amor. Así, el&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt; es sumamente ennoblecido,              pero también tan purificado que se funde con el&lt;i&gt; agapé&lt;/i&gt;. Por              eso podemos comprender que la recepción del&lt;i&gt; Cantar de los Cantares              &lt;/i&gt;en el canon de la Sagrada Escritura se haya justificado muy pronto,              porque el sentido de sus cantos de amor describen en el fondo la relación              de Dios con el hombre y del hombre con Dios. De este modo, tanto en              la literatura cristiana como en la judía, el&lt;i&gt; Cantar de los Cantares              &lt;/i&gt;se ha convertido en una fuente de conocimiento y de experiencia              mística, en la cual se expresa la esencia de la fe bíblica: se da              ciertamente una unificación del hombre con Dios —sueño originario              del hombre—, pero esta unificación no es un fundirse juntos, un hundirse              en el océano anónimo del Divino; es una unidad que crea amor, en la              que ambos —Dios y el hombre— siguen siendo ellos mismos y, sin embargo,              se convierten en una sola cosa: «El que se une al Señor, es un espíritu              con él», dice san Pablo (&lt;i&gt;1 Co&lt;/i&gt; 6, 17).&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;11. La primera              novedad de la fe bíblica, como hemos visto, consiste en la imagen              de Dios; la segunda, relacionada esencialmente con ella, la encontramos              en la imagen del hombre. La narración bíblica de la creación habla              de la soledad del primer hombre, Adán, al cual Dios quiere darle una              ayuda. Ninguna de las otras criaturas puede ser esa ayuda que el hombre              necesita, por más que él haya dado nombre a todas las bestias salvajes              y a todos los pájaros, incorporándolos así a su entorno vital. Entonces              Dios, de una costilla del hombre, forma a la mujer. Ahora Adán encuentra              la ayuda que precisa: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne              de mi carne!» (&lt;i&gt;Gn &lt;/i&gt;2, 23). En el trasfondo de esta narración              se pueden considerar concepciones como la que aparece también, por              ejemplo, en el mito relatado por Platón, según el cual el hombre era              originariamente esférico, porque era completo en sí mismo y autosuficiente.              Pero, en castigo por su soberbia, fue dividido en dos por Zeus, de              manera que ahora anhela siempre su otra mitad y está en camino hacia              ella para recobrar su integridad.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn8" name="_ftnref8" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;En la narración              bíblica no se habla de castigo; pero sí aparece la idea de que el              hombre es de algún modo incompleto, constitutivamente en camino para              encontrar en el otro la parte complementaria para su integridad, es              decir, la idea de que sólo en la comunión con el otro sexo puede considerarse              «completo». Así, pues, el pasaje bíblico concluye con una profecía              sobre Adán: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre,              se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (&lt;i&gt;Gn &lt;/i&gt;2,              24).&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;En esta profecía              hay dos aspectos importantes: el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; está como enraizado en              la naturaleza misma del hombre; Adán se pone a buscar y «abandona              a su padre y a su madre» para unirse a su mujer; sólo ambos conjuntamente              representan a la humanidad completa, se convierten en «una sola carne».              No menor importancia reviste el segundo aspecto: en una perspectiva              fundada en la creación, el &lt;i&gt;eros&lt;/i&gt; orienta al hombre hacia el              matrimonio, un vínculo marcado por su carácter único y definitivo;              así, y sólo así, se realiza su destino íntimo. A la imagen del Dios              monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado              en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación              de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte              en la medida del amor humano. Esta estrecha relación entre&lt;i&gt; eros&lt;/i&gt;              y matrimonio que presenta la Biblia no tiene prácticamente paralelo              alguno en la literatura fuera de ella.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;Jesucristo,              el amor de Dios encarnado&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;12. Aunque              hasta ahora hemos hablado principalmente del Antiguo Testamento, ya              se ha dejado entrever la íntima compenetración de los dos Testamentos              como única Escritura de la fe cristiana. La verdadera originalidad              del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura              misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo              inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste              simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible              y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar de Dios adquiere              ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios              va tras la «oveja perdida», la humanidad doliente y extraviada. Cuando              Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada,              de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del              hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino              que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la              cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para              dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más              radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que              habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto              de partida de esta Carta encíclica: «Dios es amor» (&lt;i&gt;1 Jn &lt;/i&gt;4,              8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a              partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa              mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su              amar.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;13. Jesús              ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía              durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte              y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en              el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cf. &lt;i&gt;Jn&lt;/i&gt; 6, 31-33).              Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento              del hombre —aquello por lo que el hombre vive— era el&lt;i&gt; Logos&lt;/i&gt;,              la sabiduría eterna, ahora este&lt;i&gt; Logos &lt;/i&gt;se ha hecho para nosotros              verdadera comida, como amor. La Eucaristía nos adentra en el acto              oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el &lt;i&gt;Logos&lt;/i&gt;              encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega. La              imagen de las nupcias entre Dios e Israel se hace realidad de un modo              antes inconcebible: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma              ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su              cuerpo y su sangre. La «mística» del Sacramento, que se basa en el              abajamiento de Dios hacia nosotros, tiene otra dimensión de gran alcance              y que lleva mucho más alto de lo que cualquier elevación mística del              hombre podría alcanzar.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;14. Pero ahora              se ha de prestar atención a otro aspecto: la «mística» del Sacramento              tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo              unido al Señor como todos los demás que comulgan: «El pan es uno,              y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque              comemos todos del mismo pan», dice san Pablo (&lt;i&gt;1 Co&lt;/i&gt; 10, 17).              La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a              los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente              puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán.              La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto,              también hacia la unidad con todos los cristianos. Nos hacemos «un              cuerpo», aunados en una única existencia. Ahora, el amor a Dios y              al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos              hacia sí. Se entiende, pues, que el&lt;i&gt; agapé&lt;/i&gt; se haya convertido              también en un nombre de la Eucaristía: en ella el&lt;i&gt; agapé&lt;/i&gt; de              Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por              nosotros. Sólo a partir de este fundamento cristológico-sacramental              se puede entender correctamente la enseñanza de Jesús sobre el amor.              El paso desde la Ley y los Profetas al doble mandamiento del amor              de Dios y del prójimo, el hacer derivar de este precepto toda la existencia              de fe, no es simplemente moral, que podría darse autónomamente, paralelamente              a la fe en Cristo y a su actualización en el Sacramento: fe, culto              y&lt;i&gt; ethos&lt;/i&gt; se compenetran recíprocamente como una sola realidad,              que se configura en el encuentro con el &lt;i&gt;agapé &lt;/i&gt;de Dios. Así,              la contraposición usual entre culto y ética simplemente desaparece.              En el «culto» mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la              vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte              un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa              —como hemos de considerar más detalladamente aún—, el «mandamiento»              del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor              puede ser «mandado» porque antes es dado.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;15. Las grandes              parábolas de Jesús han de entenderse también a partir de este principio.              El rico epulón (cf.&lt;i&gt; Lc &lt;/i&gt;16, 19-31) suplica desde el lugar de              los condenados que se advierta a sus hermanos de lo que sucede a quien              ha ignorado frívolamente al pobre necesitado. Jesús, por decirlo así,              acoge este grito de ayuda y se hace eco de él para ponernos en guardia,              para hacernos volver al recto camino. La parábola del buen Samaritano              (cf.&lt;i&gt; Lc&lt;/i&gt; 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones              importantes. Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería              esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían              en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un              país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera              que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el              concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda              a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud              genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere              mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber              de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad,              con vistas a la vida práctica de sus miembros. En fin, se ha de recordar              de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. &lt;i&gt;Mt &lt;/i&gt;25,              31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión              definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana.              Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los              forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. «Cada vez que lo              hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis»              (&lt;i&gt;Mt&lt;/i&gt; 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre              sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos              a Dios.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;Amor              a Dios y amor al prójimo&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;16. Después              de haber reflexionado sobre la esencia del amor y su significado en              la fe bíblica, queda aún una doble cuestión sobre cómo podemos vivirlo:              ¿Es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? Y, por otro              lado: ¿Se puede mandar el amor? En estas preguntas se manifiestan              dos objeciones contra el doble mandamiento del amor. Nadie ha visto              a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, el amor no se puede              mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no,              pero que no puede ser creado por la voluntad. La Escritura parece              respaldar la primera objeción cuando afirma: «Si alguno dice: ‘‘amo              a Dios'', y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no              ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»              (&lt;i&gt;1 Jn&lt;/i&gt; 4, 20). Pero este texto en modo alguno excluye el amor              a Dios, como si fuera un imposible; por el contrario, en todo el contexto              de la &lt;i&gt;Primera carta de Juan&lt;/i&gt; apenas citada, el amor a Dios es              exigido explícitamente. Lo que se subraya es la inseparable relación              entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente              entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una              mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El versículo              de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor              del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar              los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;17. En efecto,              nadie ha visto a Dios tal como es en sí mismo. Y, sin embargo, Dios              no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro              alcance. Dios nos ha amado primero, dice la citada&lt;i&gt; Carta de Juan              &lt;/i&gt;(cf. 4, 10), y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros,              se ha hecho visible, pues «Dios envió al mundo a su Hijo único para              que vivamos por medio de él» (&lt;i&gt;1 Jn&lt;/i&gt; 4, 9). Dios se ha hecho              visible: en Jesús podemos ver al Padre (cf. &lt;i&gt;Jn &lt;/i&gt;14, 9). De hecho,              Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos              narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos,              llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz,              hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante              las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de              la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia              sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través              de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los              Sacramentos, especialmente la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia,              en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos              el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos              también a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero              y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder              también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos              suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar              su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros              el amor como respuesta.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;En el desarrollo              de este encuentro se muestra también claramente que el amor no es              solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser              una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor.              Al principio hemos hablado del proceso de purificación y maduración              mediante el cual el &lt;i&gt;eros &lt;/i&gt;llega a ser totalmente él mismo y              se convierte en amor en el pleno sentido de la palabra. Es propio              de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre              e incluya, por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro              con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en              nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de              ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad              y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una              vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento,              voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste              es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por              «concluido» y completado; se transforma en el curso de la vida, madura              y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo.&lt;i&gt; Idem velle,              idem nolle&lt;/i&gt;,&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn9" name="_ftnref9" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;/span&gt;querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que              los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor:              hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.              La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en              que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento              y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios              coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo              extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi              propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de              mí que lo más íntimo mío.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn10" name="_ftnref10" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Crece entonces              el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf.&lt;i&gt; Sal &lt;/i&gt;73 [72],              23-28).&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;18. De este              modo se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado              por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y con              Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco.              Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con              Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando              a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona              no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva              de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Más allá de la apariencia exterior              del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención,              que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas              de ello, y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo              con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas              necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita. En              esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios              y amor al prójimo, de la que habla con tanta insistencia la&lt;i&gt; Primera              carta de Juan&lt;/i&gt;. Si en mi vida falta completamente el contacto con              Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir              reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida              omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo «piadoso» y              cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la relación              con Dios. Será únicamente una relación «correcta», pero sin amor.              Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor,              me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre              mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. Los Santos              —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta— han adquirido              su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias              a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro              ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a              los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un              único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que              nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento»              externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor              nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser              ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor.              El amor es «divino» porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante              este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera              nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al              final Dios sea «todo para todos» (cf.&lt;i&gt; 1 Co&lt;/i&gt; 15, 28).&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;SEGUNDA PARTE&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;CARITAS,&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;strong&gt;              EL EJERCICIO DEL AMOR POR PARTE DE LA IGLESIA COMO «COMUNIDAD DE AMOR»&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;La              caridad de la Iglesia como manifestación del amor trinitario&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;19. «Ves la              Trinidad si ves el amor», escribió san Agustín.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn11" name="_ftnref11" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; En las reflexiones              precedentes hemos podido fijar nuestra mirada sobre el Traspasado              (cf.&lt;i&gt; Jn&lt;/i&gt; 19, 37; &lt;i&gt;Za&lt;/i&gt; 12, 10), reconociendo el designio              del Padre que, movido por el amor (cf.&lt;i&gt; Jn&lt;/i&gt; 3, 16), ha enviado              el Hijo unigénito al mundo para redimir al hombre. Al morir en la              cruz —como narra el evangelista—, Jesús «entregó el espíritu» (cf.&lt;i&gt;              Jn&lt;/i&gt; 19, 30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría              después de su resurrección (cf. &lt;i&gt;Jn&lt;/i&gt; 20, 22). Se cumpliría así              la promesa de los «torrentes de agua viva» que, por la efusión del              Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf.&lt;i&gt; Jn&lt;/i&gt;              7, 38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza              su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos              como Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus              discípulos (cf.&lt;i&gt; Jn&lt;/i&gt; 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado              su vida por todos (cf.&lt;i&gt; Jn &lt;/i&gt;13, 1; 15, 13).&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;El Espíritu              es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial              para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer              de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de              la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral              del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los              Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica;              y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana.              Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender              constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales,              de los hombres. Es este aspecto, este&lt;i&gt; servicio de la caridad&lt;/i&gt;,              al que deseo referirme en esta parte de la Encíclica.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;La              caridad como tarea de la Iglesia&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;20. El amor              al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para              cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto              en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular,              hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia              en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia,              el amor necesita también una organización, como presupuesto para un              servicio comunitario ordenado. La Iglesia ha sido consciente de que              esta tarea ha tenido una importancia constitutiva para ella desde              sus comienzos: «Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo              en común; vendían sus posesiones y bienes y lo repartían entre todos,              según la necesidad de cada uno» (&lt;i&gt;Hch&lt;/i&gt; 2, 44-45). Lucas nos relata              esto relacionándolo con una especie de definición de la Iglesia, entre              cuyos elementos constitutivos enumera la adhesión a la «enseñanza              de los Apóstoles», a la «comunión» (&lt;i&gt;koinonia&lt;/i&gt;), a la «fracción              del pan» y a la «oración» (cf.&lt;i&gt; Hch&lt;/i&gt; 2, 42). La «comunión» (&lt;i&gt;koinonia&lt;/i&gt;),              mencionada inicialmente sin especificar, se concreta después en los              versículos antes citados: consiste precisamente en que los creyentes              tienen todo en común y en que, entre ellos, ya no hay diferencia entre              ricos y pobres (cf. también &lt;i&gt;Hch&lt;/i&gt; 4, 32-37). A decir verdad,              a medida que la Iglesia se extendía, resultaba imposible mantener              esta forma radical de comunión material. Pero el núcleo central ha              permanecido: en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma              de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para              una vida decorosa.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;21. Un paso              decisivo en la difícil búsqueda de soluciones para realizar este principio              eclesial fundamental se puede ver en la elección de los siete varones,              que fue el principio del ministerio diaconal (cf. &lt;i&gt;Hch &lt;/i&gt;6, 5-6).              En efecto, en la Iglesia de los primeros momentos, se había producido              una disparidad en el suministro cotidiano a las viudas entre la parte              de lengua hebrea y la de lengua griega. Los Apóstoles, a los que estaba              encomendado sobre todo «la oración» (Eucaristía y Liturgia) y el «servicio              de la Palabra», se sintieron excesivamente cargados con el «servicio              de la mesa»; decidieron, pues, reservar para sí su oficio principal              y crear para el otro, también necesario en la Iglesia, un grupo de              siete personas. Pero este grupo tampoco debía limitarse a un servicio              meramente técnico de distribución: debían ser hombres «llenos de Espíritu              y de sabiduría» (cf. &lt;i&gt;Hch&lt;/i&gt; 6, 1-6). Lo cual significa que el              servicio social que desempeñaban era absolutamente concreto, pero              sin duda también espiritual al mismo tiempo; por tanto, era un verdadero              oficio espiritual el suyo, que realizaba un cometido esencial de la              Iglesia, precisamente el del amor bien ordenado al prójimo. Con la              formación de este grupo de los Siete, la «diaconía» —el servicio del              amor al prójimo ejercido comunitariamente y de modo orgánico— quedaba              ya instaurada en la estructura fundamental de la Iglesia misma.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;22. Con el              paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio              de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto              con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra:              practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los              enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto              como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La              Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede              omitir los Sacramentos y la Palabra. Para demostrarlo, basten algunas              referencias. El mártir Justino († ca. 155), en el contexto de la celebración              dominical de los cristianos, describe también su actividad caritativa,              unida con la Eucaristía misma. Los que poseen, según sus posibilidades              y cada uno cuanto quiere, entregan sus ofrendas al Obispo; éste, con              lo recibido, sustenta a los huérfanos, a las viudas y a los que se              encuentran en necesidad por enfermedad u otros motivos, así como también              a los presos y forasteros.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn12" name="_ftnref12" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El gran escritor              cristiano Tertuliano († después de 220), cuenta cómo la solicitud              de los cristianos por los necesitados de cualquier tipo suscitaba              el asombro de los paganos.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn13" name="_ftnref13" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Y cuando Ignacio de Antioquía († ca. 117) llamaba              a la Iglesia de Roma como la que «preside en la caridad (&lt;i&gt;agapé&lt;/i&gt;)»,&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn14" name="_ftnref14" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; se puede pensar              que con esta definición quería expresar de algún modo también la actividad              caritativa concreta.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;23. En este              contexto, puede ser útil una referencia a las primitivas estructuras              jurídicas del servicio de la caridad en la Iglesia. Hacia la mitad              del siglo IV, se va formando en Egipto la llamada &lt;i&gt;«diaconía»&lt;/i&gt;;              es la estructura que en cada monasterio tenía la responsabilidad sobre              el conjunto de las actividades asistenciales, el servicio de la caridad              precisamente. A partir de esto, se desarrolla en Egipto hasta el siglo              VI una corporación con plena capacidad jurídica, a la que las autoridades              civiles confían incluso una cantidad de grano para su distribución              pública. No sólo cada monasterio, sino también cada diócesis llegó              a tener su&lt;i&gt; diaconía&lt;/i&gt;, una institución que se desarrolla sucesivamente,              tanto en Oriente como en Occidente. El Papa Gregorio Magno († 604)              habla de la&lt;i&gt; diaconía&lt;/i&gt; de Nápoles; por lo que se refiere a Roma,              las &lt;i&gt;diaconías&lt;/i&gt; están documentadas a partir del siglo VII y VIII;              pero, naturalmente, ya antes, desde los comienzos, la actividad asistencial              a los pobres y necesitados, según los principios de la vida cristiana              expuestos en los&lt;i&gt; Hechos de los Apóstoles&lt;/i&gt;, era parte esencial              en la Iglesia de Roma. Esta función se manifiesta vigorosamente en              la figura del diácono Lorenzo († 258). La descripción dramática de              su martirio fue conocida ya por san Ambrosio († 397) y, en lo esencial,              nos muestra seguramente la auténtica figura de este Santo. A él, como              responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados              sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger              los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo              distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos              a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn15" name="_ftnref15" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Cualquiera que              sea la fiabilidad histórica de tales detalles, Lorenzo ha quedado              en la memoria de la Iglesia como un gran exponente de la caridad eclesial.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;24. Una alusión              a la figura del emperador Juliano el Apóstata († 363) puede ilustrar              una vez más lo esencial que era para la Iglesia de los primeros siglos              la caridad ejercida y organizada. A los seis años, Juliano asistió              al asesinato de su padre, de su hermano y de otros parientes a manos              de los guardias del palacio imperial; él imputó esta brutalidad —con              razón o sin ella— al emperador Constancio, que se tenía por un gran              cristiano. Por eso, para él la fe cristiana quedó desacreditada definitivamente.              Una vez emperador, decidió restaurar el paganismo, la antigua religión              romana, pero también reformarlo, de manera que fuera realmente la              fuerza impulsora del imperio. En esta perspectiva, se inspiró ampliamente              en el cristianismo. Estableció una jerarquía de metropolitas y sacerdotes.              Los sacerdotes debían promover el amor a Dios y al prójimo. Escribía              en una de sus cartas&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn16" name="_ftnref16" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; que el único              aspecto que le impresionaba del cristianismo era la actividad caritativa              de la Iglesia. Así pues, un punto determinante para su nuevo paganismo              fue dotar a la nueva religión de un sistema paralelo al de la caridad              de la Iglesia. Los «Galileos» —así los llamaba— habían logrado con              ello su popularidad. Se les debía emular y superar. De este modo,              el emperador confirmaba, pues, cómo la caridad era una característica              determinante de la comunidad cristiana, de la Iglesia.&lt;/p&gt;             &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;25. Llegados              a este punto, tomamos de nuestras reflexiones dos datos esenciales:&lt;/p&gt;                         &lt;div class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;          &lt;div style=""&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) La naturaleza íntima            de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra            de Dios (&lt;i&gt;kerygma-martyria&lt;/i&gt;), celebración de los Sacramentos (&lt;i&gt;leiturgia&lt;/i&gt;)            y servicio de la caridad (&lt;i&gt;diakonia&lt;/i&gt;). Son tareas que se implican            mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad            no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría            dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación            irrenunciable de su propia esencia.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn17" name="_ftnref17" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;       &lt;/div&gt;         &lt;div class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;          &lt;div style=""&gt;            &lt;p&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;b&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) La Iglesia es la              familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que              sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la&lt;i&gt; caritas-agapé              &lt;/i&gt;supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano              sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad              del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente»              (cf. &lt;i&gt;Lc &lt;/i&gt;10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando              a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente              eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno              de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido,              siguen teniendo valor las palabras de la&lt;i&gt; Carta a los Gálatas&lt;/i&gt;:              «Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente              a nuestros hermanos en la fe» (6, 10)&lt;/p&gt;         &lt;/div&gt;       &lt;/div&gt;         &lt;div class="Section2"&gt;          &lt;div style=""&gt;            &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;Justicia              y caridad&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;26. Desde               el siglo XIX se ha planteado una objeción contra la actividad caritativa              de la Iglesia, desarrollada después con insistencia sobre todo por              el pensamiento marxista. Los pobres, se dice, no necesitan obras de              caridad, sino de justicia. Las obras de caridad —la limosna— serían              en realidad un modo para que los ricos eludan la instauración de la              justicia y acallen su conciencia, conservando su propia posición social              y despojando a los pobres de sus derechos. En vez de contribuir con              obras aisladas de caridad a mantener las condiciones existentes, haría              falta crear un orden justo, en el que todos reciban su parte de los              bienes del mundo y, por lo tanto, no necesiten ya las obras de caridad.              Se debe reconocer que en esta argumentación hay algo de verdad, pero              también bastantes errores. Es cierto que una norma fundamental del              Estado debe ser perseguir la justicia y que el objetivo de un orden              social justo es garantizar a cada uno, respetando el principio de              subsidiaridad, su parte de los bienes comunes. Eso es lo que ha subrayado              también la doctrina cristiana sobre el Estado y la doctrina social              de la Iglesia. La cuestión del orden justo de la colectividad, desde              un punto de vista histórico, ha entrado en una nueva fase con la formación              de la sociedad industrial en el siglo XIX. El surgir de la industria              moderna ha desbaratado las viejas estructuras sociales y, con la masa              de los asalariados, ha provocado un cambio radical en la configuración              de la sociedad, en la cual la relación entre el capital y el trabajo              se ha convertido en la cuestión decisiva, una cuestión que, en estos              términos, era desconocida hasta entonces. Desde ese momento, los medios              de producción y el capital eran el nuevo poder que, estando en manos              de pocos, comportaba para las masas obreras una privación de derechos              contra la cual había que rebelarse.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;27. Se debe              admitir que los representantes de la Iglesia percibieron sólo lentamente              que el problema de la estructura justa de la sociedad se planteaba              de un modo nuevo. No faltaron pioneros: uno de ellos, por ejemplo,              fue el Obispo Ketteler de Maguncia († 1877). Para hacer frente a las              necesidades concretas surgieron también círculos, asociaciones, uniones,              federaciones y, sobre todo, nuevas Congregaciones religiosas, que              en el siglo XIX se dedicaron a combatir la pobreza, las enfermedades              y las situaciones de carencia en el campo educativo. En 1891, se interesó              también el magisterio pontificio con la Encíclica&lt;i&gt; Rerum novarum              &lt;/i&gt;de León XIII. Siguió con la Encíclica de Pío XI&lt;i&gt; Quadragesimo              anno&lt;/i&gt;, en 1931. En 1961, el beato Papa Juan XXIII publicó la Encíclica&lt;i&gt;              Mater et Magistra&lt;/i&gt;, mientras que Pablo VI, en la Encíclica &lt;i&gt;Populorum              progressio&lt;/i&gt; (1967) y en la Carta apostólica&lt;i&gt; Octogesima adveniens&lt;/i&gt;              (1971), afrontó con insistencia la problemática social que, entre              tanto, se había agudizado sobre todo en Latinoamérica. Mi gran predecesor              Juan Pablo II nos ha dejado una trilogía de Encíclicas sociales: &lt;i&gt;Laborem              exercens &lt;/i&gt;(1981), &lt;i&gt;Sollicitudo rei socialis&lt;/i&gt; (1987) y &lt;i&gt;Centesimus              annus &lt;/i&gt;(1991). Así pues, cotejando situaciones y problemas nuevos              cada vez, se ha ido desarrollando una doctrina social católica, que              en 2004 ha sido presentada de modo orgánico en el&lt;i&gt; Compendio de              la doctrina social de la Iglesia, &lt;/i&gt;redactado por el Consejo Pontificio              &lt;i&gt;Iustitia et Pax&lt;/i&gt;. El marxismo había presentado la revolución              mundial y su preparación como la panacea para los problemas sociales:              mediante la revolución y la consiguiente colectivización de los medios              de producción —se afirmaba en dicha doctrina— todo iría repentinamente              de modo diferente y mejor. Este sueño se ha desva- necido. En la difícil              situación en la que nos encontramos hoy, a causa también de la globalización              de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido              en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho              más allá de sus confines: estas orientaciones —ante el avance del              progreso— se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan              seriamente por el hombre y su mundo.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;28. Para definir              con más precisión la relación entre el compromiso necesario por la              justicia y el servicio de la caridad, hay que tener en cuenta dos              situaciones de hecho:&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) El orden justo de              la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un              Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran              banda de ladrones, dijo una vez Agustín: &lt;i&gt;«Remota itaque iustitia              quid sunt regna nisi magna latrocinia?»&lt;/i&gt;.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn18" name="_ftnref18" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Es propio de              la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo              que es del César y lo que es de Dios (cf.&lt;i&gt; Mt &lt;/i&gt;22, 21), esto              es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el              reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn19" name="_ftnref19" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El Estado no              puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y              la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia,              como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia              y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar.              Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;La justicia              es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política.              La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos              públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y              ésta es de naturaleza ética. Así, pues, el Estado se encuentra inevitablemente              de hecho ante la cuestión de cómo realizar la justicia aquí y ahora.              Pero esta pregunta presupone otra más radical: ¿qué es la justicia?              Éste es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar              a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente,              porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés              y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar              totalmente.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;En este punto,              política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de              la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre nuevos              horizontes mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al              mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir              de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así              a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor              modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este              punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a              la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los              que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento.              Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar              su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser              reconocido y después puesto también en práctica.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;La doctrina              social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural,              es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser              humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga              valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de              las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción              de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la              disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera              en contraste con situaciones de intereses personales. Esto significa              que la construcción de un orden social y estatal justo, mediante el              cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental              que debe afrontar de nuevo cada generación. Tratándose de un quehacer              político, esto no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia. Pero,              como al mismo tiempo es una tarea humana primaria, la Iglesia tiene              el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación              ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia              sean comprensibles y políticamente realizables.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;La Iglesia              no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de              realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir              al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha              por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación              racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales              la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse              ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino              de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por              la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a              las exigencias del bien.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;b&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) El amor —&lt;i&gt;caritas&lt;/i&gt;—              siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden              estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor.              Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del              hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo              y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones              de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre              un amor concreto al prójimo.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn20" name="_ftnref20" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El Estado que              quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte              en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo              más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita:              una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado              que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye,              de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que              surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad              con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio. La Iglesia es              una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado              por el Espíritu de Cristo. Este amor no brinda a los hombres sólo              ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, un ayuda              con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación              según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de              caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio              de que el hombre vive «sólo de pan» (&lt;i&gt;Mt&lt;/i&gt; 4, 4; cf.&lt;i&gt; Dt&lt;/i&gt;              8, 3), una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente              lo que es más específicamente humano.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;29. De este              modo podemos ahora determinar con mayor precisión la relación que              existe en la vida de la Iglesia entre el empeño por el orden justo              del Estado y la sociedad, por un lado y, por otro, la actividad caritativa              organizada. Ya se ha dicho que el establecimiento de estructuras justas              no es un cometido inmediato de la Iglesia, sino que pertenece a la              esfera de la política, es decir, de la razón autoresponsable. En esto,              la tarea de la Iglesia es mediata, ya que le corresponde contribuir              a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin              lo cual no se instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas              a largo plazo.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;El deber inmediato              de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio              de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están llamados a              participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden              eximirse de la «multiforme y variada acción económica, social, legislativa,              administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente              el&lt;i&gt; bien común&lt;/i&gt;».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn21" name="_ftnref21" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; La misión de              los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando              su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según              las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn22" name="_ftnref22" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Aunque las manifestaciones              de la caridad eclesial nunca pueden confundirse con la actividad del              Estado, sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia              de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como              «caridad social».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn23" name="_ftnref23" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;Las organizaciones              caritativas de la Iglesia, sin embargo, son un &lt;i&gt;opus proprium &lt;/i&gt;suyo,              un cometido que le es congenial, en el que ella no coopera colateralmente,              sino que actúa como sujeto directamente responsable, haciendo algo              que corresponde a su naturaleza. La Iglesia nunca puede sentirse dispensada              del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes              y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta              la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más              allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;Las              múltiples estructuras de servicio caritativo en el contexto social              actual&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;30. Antes              de intentar definir el perfil específico de la actividad eclesial              al servicio del hombre, quisiera considerar ahora la situación general              del compromiso por la justicia y el amor en el mundo actual.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) Los medios de comunicación              de masas han como empequeñecido hoy nuestro planeta, acercando rápidamente              a hombres y culturas muy diferentes. Si bien este «estar juntos» suscita              a veces incomprensiones y tensiones, el hecho de que ahora se conozcan              de manera mucho más inmediata las necesidades de los hombres es también              una llamada sobre todo a compartir situaciones y dificultades. Vemos              cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas              de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos              en el campo de la ciencia y de la técnica. Así pues, el momento actual              requiere una nueva disponibilidad para socorrer al prójimo necesitado.              El Concilio Vaticano II lo ha subrayado con palabras muy claras: «Al              ser más rápidos los medios de comunicación, se ha acortado en cierto              modo la distancia entre los hombres y todos los habitantes del mundo              [...]. La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres              y todas sus necesidades».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn24" name="_ftnref24" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;Por otra parte              —y éste es un aspecto provocativo y a la vez estimulante del proceso              de globalización—, ahora se puede contar con innumerables medios para              prestar ayuda humanitaria a los hermanos y hermanas necesitados, como              son los modernos sistemas para la distribución de comida y ropa, así              como también para ofrecer alojamiento y acogida. La solicitud por              el prójimo, pues, superando los confines de las comunidades nacionales,              tiende a extender su horizonte al mundo entero. El Concilio Vaticano              II ha hecho notar oportunamente que «entre los signos de nuestro tiempo              es digno de mención especial el creciente e inexcusable sentido de              solidaridad entre todos los pueblos».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn25" name="_ftnref25" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Los organismos              del Estado y las asociaciones humanitarias favorecen iniciativas orientadas              a este fin, generalmente mediante subsidios o desgravaciones fiscales              en un caso, o poniendo a disposición considerables recursos, en otro.              De este modo, la solidaridad expresada por la sociedad civil supera              de manera notable a la realizada por las personas individualmente.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;b&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) En esta situación              han surgido numerosas formas nuevas de colaboración entre entidades              estatales y eclesiales, que se han demostrado fructíferas. Las entidades              eclesiales, con la transparencia en su gestión y la fidelidad al deber              de testimoniar el amor, podrán animar cristianamente también a las              instituciones civiles, favoreciendo una coordinación mutua que seguramente              ayudará a la eficacia del servicio caritativo.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn26" name="_ftnref26" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; También se han              formado en este contexto múltiples organizaciones con objetivos caritativos              o filantrópicos, que se esfuerzan por lograr soluciones satisfactorias              desde el punto de vista humanitario a los problemas sociales y políticos              existentes. Un fenómeno importante de nuestro tiempo es el nacimiento              y difusión de muchas formas de voluntariado que se hacen cargo de              múltiples servicios.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn27" name="_ftnref27" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; A este propósito, quisiera dirigir una palabra              especial de aprecio y gratitud a todos los que participan de diversos              modos en estas actividades. Esta labor tan difundida es una escuela              de vida para los jóvenes, que educa a la solidaridad y a estar disponibles              para dar no sólo algo, sino a sí mismos. De este modo, frente a la              anti-cultura de la muerte, que se manifiesta por ejemplo en la droga,              se contrapone el amor, que no se busca a sí mismo, sino que, precisamente              en la disponibilidad a «perderse a sí mismo» (cf.&lt;i&gt; Lc &lt;/i&gt;17, 33              y par.) en favor del otro, se manifiesta como cultura de la vida.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;También en              la Iglesia católica y en otras Iglesias y Comunidades eclesiales han              aparecido nuevas formas de actividad caritativa y otras antiguas han              resurgido con renovado impulso. Son formas en las que frecuentemente              se logra establecer un acertado nexo entre evangelización y obras              de caridad. Deseo corroborar aquí expresamente lo que mi gran predecesor              Juan Pablo II dijo en su Encíclica&lt;i&gt; Sollicitudo rei socialis&lt;/i&gt;,&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn28" name="_ftnref28" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; cuando declaró              la disponibilidad de la Iglesia católica a colaborar con las organizaciones              caritativas de estas Iglesias y Comunidades, puesto que todos nos              movemos por la misma motivación fundamental y tenemos los ojos puestos              en el mismo objetivo: un verdadero humanismo, que reconoce en el hombre              la imagen de Dios y quiere ayudarlo a realizar una vida conforme a              esta dignidad. La Encíclica&lt;i&gt; Ut unum sint&lt;/i&gt; destacó después, una              vez más, que para un mejor desarrollo del mundo es necesaria la voz              común de los cristianos, su compromiso «para que triunfe el respeto              de los derechos y de las necesidades de todos, especialmente de los              pobres, los marginados y los indefensos».&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn29" name="_ftnref29" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Quisiera expresar              mi alegría por el hecho de que este deseo haya encontrado amplio eco              en numerosas iniciativas en todo el mundo.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;El              perfil específico de la actividad caritativa de la Iglesia&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;31. En el              fondo, el aumento de organizaciones diversificadas que trabajan en              favor del hombre en sus diversas necesidades, se explica por el hecho              de que el imperativo del amor al prójimo ha sido grabado por el Creador              en la naturaleza misma del hombre. Pero es también un efecto de la              presencia del cristianismo en el mundo, que reaviva continuamente              y hace eficaz este imperativo, a menudo tan empañado a lo largo de              la historia. La mencionada reforma del paganismo intentada por el              emperador Juliano el Apóstata, es sólo un testimonio inicial de dicha              eficacia. En este sentido, la fuerza del cristianismo se extiende              mucho más allá de las fronteras de la fe cristiana. Por tanto, es              muy importante que la actividad caritativa de la Iglesia mantenga              todo su esplendor y no se diluya en una organización asistencial genérica,              convirtiéndose simplemente en una de sus variantes. Pero, ¿cuáles              son los elementos que constituyen la esencia de la caridad cristiana              y eclesial?&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) Según el modelo expuesto              en la parábola del buen Samaritano, la caridad cristiana es ante todo              y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada              situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos,              los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados,              etc. Las organizaciones caritativas de la Iglesia, comenzando por&lt;i&gt;              Cáritas &lt;/i&gt;(diocesana, nacional, internacional), han de hacer lo              posible para poner a disposición los medios necesarios y, sobre todo,              los hombres y mujeres que desempeñan estos cometidos. Por lo que se              refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es preciso que              sean competentes profesionalmente: quienes prestan ayuda han de ser              formados de manera que sepan hacer lo más apropiado y de la manera              más adecuada, asumiendo el compromiso de que se continúe después las              atenciones necesarias. Un primer requisito fundamental es la competencia              profesional, pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres              humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención              sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención              cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia              deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más              conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una              atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza              de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional,              necesitan también y sobre todo una «formación del corazón»: se les              ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en              ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos,              el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto              desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual              actúa por la caridad (cf.&lt;i&gt; Ga &lt;/i&gt;5, 6).&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;b&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) La actividad caritativa              cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es              un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está              al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización              aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita. Los tiempos              modernos, sobre todo desde el siglo XIX, están dominados por una filosofía              del progreso con diversas variantes, cuya forma más radical es el              marxismo. Una parte de la estrategia marxista es la teoría del empobrecimiento:              quien en una situación de poder injusto ayuda al hombre con iniciativas              de caridad —afirma— se pone de hecho al servicio de ese sistema injusto,              haciéndolo aparecer soportable, al menos hasta cierto punto. Se frena              así el potencial revolucionario y, por tanto, se paraliza la insurrección              hacia un mundo mejor. De aquí el rechazo y el ataque a la caridad              como un sistema conservador del&lt;i&gt; statu quo&lt;/i&gt;. En realidad, ésta              es una filosofía inhumana. El hombre que vive en el presente es sacrificado              al &lt;i&gt;Moloc&lt;/i&gt; del futuro, un futuro cuya efectiva realización resulta              por lo menos dudosa. La verdad es que no se puede promover la humanización              del mundo renunciando, por el momento, a comportarse de manera humana.              A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y              en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente              de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el              programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón              que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia.              Obviamente, cuando la actividad caritativa es asumida por la Iglesia              como iniciativa comunitaria, a la espontaneidad del individuo debe              añadirse también la programación, la previsión, la colaboración con              otras instituciones similares.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;c&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;) Además, la caridad              no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo.              El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn30" name="_ftnref30" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Pero esto no significa que la acción caritativa              deba, por decirlo así, dejar de lado a Dios y a Cristo. Siempre está              en juego todo el hombre. Con frecuencia, la raíz más profunda del              sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios. Quien ejerce la caridad              en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe              de la Iglesia. Es consciente de que el amor, en su pureza y gratuidad,              es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa              a amar. El cristiano sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando              es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe              que Dios es amor (&lt;i&gt;1 Jn &lt;/i&gt;4, 8) y que se hace presente justo en              los momentos en que no se hace más que amar. Y, sabe —volviendo a              las preguntas de antes— que el desprecio del amor es vilipendio de              Dios y del hombre, es el intento de prescindir de Dios. En consecuencia,              la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el              amor. Las organizaciones caritativas de la Iglesia tienen el cometido              de reforzar esta conciencia en sus propios miembros, de modo que a              través de su actuación —así como por su hablar, su silencio, su ejemplo—              sean testigos creíbles de Cristo.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;strong&gt;Los              responsables de la acción caritativa de la Iglesia&lt;/strong&gt;&lt;/i&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;32. Finalmente,              debemos dirigir nuestra atención a los responsables de la acción caritativa              de la Iglesia ya mencionados. En las reflexiones precedentes se ha              visto claro que el verdadero sujeto de las diversas organizaciones              católicas que desempeñan un servicio de caridad es la Iglesia misma,              y eso a todos los niveles, empezando por las parroquias, a través              de las Iglesias particulares, hasta llegar a la Iglesia universal.              Por esto fue muy oportuno que mi venerado predecesor Pablo VI instituyera              el Consejo Pontificio &lt;i&gt;Cor unum&lt;/i&gt; como organismo de la Santa Sede              responsable para la orientación y coordinación entre las organizaciones              y las actividades caritativas promovidas por la Iglesia católica.              Además, es propio de la estructura episcopal de la Iglesia que los              obispos, como sucesores de los Apóstoles, tengan en las Iglesias particulares              la primera responsabilidad de cumplir, también hoy, el programa expuesto              en los&lt;i&gt; Hechos de los Apóstoles &lt;/i&gt;(cf. 2, 42-44): la Iglesia,              como familia de Dios, debe ser, hoy como ayer, un lugar de ayuda recíproca              y al mismo tiempo de disponibilidad para servir también a cuantos              fuera de ella necesitan ayuda. Durante el rito de la ordenación episcopal,              el acto de consagración propiamente dicho está precedido por algunas              preguntas al candidato, en las que se expresan los elementos esenciales              de su oficio y se le recuerdan los deberes de su futuro ministerio.              En este contexto, el ordenando promete expresamente que será, en nombre              del Señor, acogedor y misericordioso para con los más pobres y necesitados              de consuelo y ayuda.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn31" name="_ftnref31" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;l &lt;i&gt;Código              de Derecho Canónico&lt;/i&gt;, en los cánones relativos al ministerio episcopal,              no habla expresamente de la caridad como un ámbito específico de la              actividad episcopal, sino sólo, de modo general, del deber del Obispo              de coordinar las diversas obras de apostolado respetando su propia              índole.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn32" name="_ftnref32" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Recientemente,              no obstante, el &lt;i&gt;Directorio para el ministerio pastoral de los obispos              &lt;/i&gt;ha profundizado más concretamente el deber de la caridad como              cometido intrínseco de toda la Iglesia y del Obispo en su diócesis,&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn33" name="_ftnref33" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; y ha subrayado              que el ejercicio de la caridad es una actividad de la Iglesia como              tal y que forma parte esencial de su misión originaria, al igual que              el servicio de la Palabra y los Sacramentos.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn34" name="_ftnref34" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;33. Por lo              que se refiere a los colaboradores que desempeñan en la práctica el              servicio de la caridad en la Iglesia, ya se ha dicho lo esencial:              no han de inspirarse en los esquemas que pretenden mejorar el mundo              siguiendo una ideología, sino dejarse guiar por la fe que actúa por              el amor (cf.&lt;i&gt; Ga &lt;/i&gt;5, 6). Han de ser, pues, personas movidas ante              todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado              por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo. El              criterio inspirador de su actuación debería ser lo que se dice en              la &lt;i&gt;Segunda carta a los Corintios&lt;/i&gt;: «Nos apremia el amor de Cristo»              (5, 14). La conciencia de que, en Él, Dios mismo se ha entregado por              nosotros hasta la muerte, tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros              mismos, sino para Él y, con Él, para los demás. Quien ama a Cristo              ama a la Iglesia y quiere que ésta sea cada vez más expresión e instrumento              del amor que proviene de Él. El colaborador de toda organización caritativa              católica quiere trabajar con la Iglesia y, por tanto, con el Obispo,              con el fin de que el amor de Dios se difunda en el mundo. Por su participación              en el servicio de amor de la Iglesia, desea ser testigo de Dios y              de Cristo y, precisamente por eso, hacer el bien a los hombres gratuitamente.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;34. La apertura              interior a la dimensión católica de la Iglesia ha de predisponer al              colaborador a sintonizar con las otras organizaciones en el servicio              a las diversas formas de necesidad; pero esto debe hacerse respetando              la fisonomía específica del servicio que Cristo pidió a sus discípulos.              En su himno a la caridad (cf. &lt;i&gt;1 Co&lt;/i&gt; 13), san Pablo nos enseña              que ésta es siempre algo más que una simple actividad: «Podría repartir              en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo              amor, de nada me sirve» (v. 3). Este himno debe ser la&lt;i&gt; Carta Magna              &lt;/i&gt;de todo el servicio eclesial; en él se resumen todas las reflexiones              que he expuesto sobre el amor a lo largo de esta Carta encíclica.              La actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede              percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro              con Cristo. La íntima participación personal en las necesidades y              sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para              que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino              a mí mismo; he de ser parte del don como persona.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;35. Éste es              un modo de servir que hace humilde al que sirve. No adopta una posición              de superioridad ante el otro, por miserable que sea momentáneamente              su situación. Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz—,              y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda              constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente              de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito              suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia. Cuanto más se esfuerza              uno por los demás, mejor comprenderá y hará suya la palabra de Cristo:              «Somos unos pobres siervos» (&lt;i&gt;Lc&lt;/i&gt; 17,10). En efecto, reconoce              que no actúa fundándose en una superioridad o mayor capacidad personal,              sino porque el Señor le concede este don. A veces, el exceso de necesidades              y lo limitado de sus propias actuaciones le harán sentir la tentación              del desaliento. Pero, precisamente entonces, le aliviará saber que,              en definitiva, él no es más que un instrumento en manos del Señor;              se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo —algo              siempre necesario— en primera persona y por sí solo. Hará con humildad              lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al Señor.              Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos              nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas.              Sin embargo, hacer todo lo que está en nuestras manos con las capacidades              que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno              de Jesucristo: «Nos apremia el amor de Cristo» (&lt;i&gt;2 Co &lt;/i&gt;5, 14).&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;36. La experiencia              de la inmensa necesidad puede, por un lado, inclinarnos hacia la ideología              que pretende realizar ahora lo que, según parece, no consigue el gobierno              de Dios sobre el mundo: la solución universal de todos los problemas.              Por otro, puede convertirse en una tentación a la inercia ante la              impresión de que, en cualquier caso, no se puede hacer nada. En esta              situación, el contacto vivo con Cristo es la ayuda decisiva para continuar              en el camino recto: ni caer en una soberbia que desprecia al hombre              y en realidad nada construye, sino que más bien destruye, ni ceder              a la resignación, la cual impediría dejarse guiar por el amor y así              servir al hombre. La oración se convierte en estos momentos en una              exigencia muy concreta, como medio para recibir constantemente fuerzas              de Cristo. Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar              en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción.              La piedad no escatima la lucha contra la pobreza o la miseria del              prójimo. La beata Teresa de Calcuta es un ejemplo evidente de que              el tiempo dedicado a Dios en la oración no sólo deja de ser un obstáculo              para la eficacia y la dedicación al amor al prójimo, sino que es en              realidad una fuente inagotable para ello. En su carta para la Cuaresma              de 1996 la beata escribía a sus colaboradores laicos: «Nosotros necesitamos              esta unión íntima con Dios en nuestra vida cotidiana. Y ¿cómo podemos              conseguirla? A través de la oración».&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;37. Ha llegado              el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo              y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio              caritativo. Obviamente, el cristiano que reza no pretende cambiar              los planes de Dios o corregir lo que Dios ha previsto. Busca más bien              el encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo que esté presente,              con el consuelo de su Espíritu, en él y en su trabajo. La familiaridad              con el Dios personal y el abandono a su voluntad impiden la degradación              del hombre, lo salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terroristas.              Una actitud auténticamente religiosa evita que el hombre se erija              en juez de Dios, acusándolo de permitir la miseria sin sentir compasión              por sus criaturas. Pero quien pretende luchar contra Dios apoyándose              en el interés del hombre, ¿con quién podrá contar cuando la acción              humana se declare impotente?&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;38. Es cierto              que Job puede quejarse ante Dios por el sufrimiento incomprensible              y aparentemente injustificable que hay en el mundo. Por eso, en su              dolor, dice: «¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su              morada!... Sabría las palabras de su réplica, comprendería lo que              me dijera. ¿Precisaría gran fuerza para disputar conmigo?... Por eso              estoy, ante él, horrorizado, y cuanto más lo pienso, más me espanta.              Dios me ha enervado el corazón, el Omnipotente me ha aterrorizado»              (23, 3.5-6.15-16). A menudo no se nos da a conocer el motivo por el              que Dios frena su brazo en vez de intervenir. Por otra parte, Él tampoco              nos impide gritar como Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por              qué me has abandonado?» (&lt;i&gt;Mt &lt;/i&gt;27, 46). Deberíamos permanecer              con esta pregunta ante su rostro, en diálogo orante: «¿Hasta cuándo,              Señor, vas a estar sin hacer justicia, tú que eres santo y veraz?»              (cf.&lt;i&gt; Ap &lt;/i&gt;6, 10). San Agustín da a este sufrimiento nuestro la              respuesta de la fe: &lt;i&gt;«Si comprehendis, non est Deus»&lt;/i&gt;, si lo              comprendes, entonces no es Dios.&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn35" name="_ftnref35" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Nuestra protesta              no quiere desafiar a Dios, ni insinuar en Él algún error, debilidad              o indiferencia. Para el creyente no es posible pensar que Él sea impotente,              o bien que «tal vez esté dormido» (&lt;i&gt;1 R&lt;/i&gt; 18, 27). Es cierto,              más bien, que incluso nuestro grito es, como en la boca de Jesús en              la cruz, el modo extremo y más profundo de afirmar nuestra fe en su              poder soberano. En efecto, los cristianos siguen creyendo, a pesar              de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea,              en la «bondad de Dios y su amor al hombre» (&lt;i&gt;Tt&lt;/i&gt; 3, 4). Aunque              estén inmersos como los demás hombres en las dramáticas y complejas              vicisitudes de la historia, permanecen firmes en la certeza de que              Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible              para nosotros.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;39. Fe, esperanza              y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácticamente con              la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fracaso              aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se              fía de Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos              ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que              realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra              impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo              está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final              vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus              imágenes sobrecogedoras. La fe, que hace tomar conciencia del amor              de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita              a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina              constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar.              El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque              hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar              la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;&lt;strong&gt;CONCLUSIÓN&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;40. Contemplemos              finalmente a los Santos, a quienes han ejercido de modo ejemplar la              caridad. Pienso particularmente en Martín de Tours († 397), que primero              fue soldado y después monje y obispo: casi como un icono, muestra              el valor insustituible del testimonio individual de la caridad. A              las puertas de Amiens compartió su manto con un pobre; durante la              noche, Jesús mismo se le apareció en sueños revestido de aquel manto,              confirmando la perenne validez de las palabras del Evangelio: «Estuve              desnudo y me vestisteis... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos              mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (&lt;i&gt;Mt&lt;/i&gt; 25, 36. 40).&lt;a style="" href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/enciclica/DeusCaritasEst.htm#_ftn36" name="_ftnref36" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Pero ¡cuántos              testimonios más de caridad pueden citarse en la historia de la Iglesia!              Particularmente todo el movimiento monástico, desde sus comienzos              con san Antonio Abad († 356), muestra un servicio ingente de caridad              hacia el prójimo. Al confrontarse «cara a cara» con ese Dios que es              Amor, el monje percibe la exigencia apremiante de transformar toda              su vida en un servicio al prójimo, además de servir a Dios. Así se              explican las grandes estructuras de acogida, hospitalidad y asistencia              surgidas junto a los monasterios. Se explican también las innumerables              iniciativas de promoción humana y de formación cristiana destinadas              especialmente a los más pobres de las que se han hecho cargo las Órdenes              monásticas y Mendicantes primero, y después los diversos Institutos              religiosos masculinos y femeninos a lo largo de toda la historia de              la Iglesia. Figuras de Santos como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola,              Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac,              José B. Cottolengo, Juan Bosco, Luis Orione, Teresa de Calcuta —por              citar sólo algunos nombres— siguen siendo modelos insignes de caridad              social para todos los hombres de buena voluntad. Los Santos son los              verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y              mujeres de fe, esperanza y amor.&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;41. Entre              los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad.              El&lt;i&gt; Evangelio de Lucas &lt;/i&gt;la muestra atareada en un servicio de              caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció «unos tres meses»              (1, 56) para atenderla durante el embarazo.&lt;i&gt; «Magnificat anima mea              Dominum»&lt;/i&gt;, dice con ocasión de esta visita —«proclama mi alma la              grandeza del Señor»— (&lt;i&gt;Lc&lt;/i&gt; 1, 46), y con ello expresa todo el              programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar              espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio              al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande              precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma.              Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. &lt;i&gt;Lc&lt;/i&gt;              1, 38. 48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una              obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa              de Dios. Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas              de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse              a ella y llamarla al servicio total de estas promesas. Es una mujer              de fe: «¡Dichosa tú, que has creído!», le dice Isabel (&lt;i&gt;Lc&lt;/i&gt; 1,              45). El&lt;i&gt; Magníficat&lt;/i&gt; —un retrato de su alma, por decirlo así—              está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura,              de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios              es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda              naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de              Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra              de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están              en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer              con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede              convertirse en madre de la Palabra encarnada. María es, en fin, una              mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en              la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de              Dios, no puede ser más que una mujer que ama. Lo intuimos en sus gestos              silenciosos que nos narran los relatos evangélicos de la infancia.              Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad              en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús. Lo              vemos en la humildad con que acepta ser como olvidada en el período              de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar              ahora una nueva familia y que la hora de la Madre llegará solamente              en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús (cf.&lt;i&gt;              Jn&lt;/i&gt; 2, 4; 13, 1). Entonces, cuando los discípulos hayan huido,              ella permanecerá al pie de la cruz (cf. &lt;i&gt;Jn &lt;/i&gt;19, 25-27); más              tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen              en torno a ella en espera del Espíritu Santo (cf.&lt;i&gt; Hch &lt;/i&gt;1, 14).&lt;/p&gt;           &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;"&gt;42. La vida              de los Santos no comprende sólo su biografía terrena, sino también              su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los Santos es              evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino              que se hace realmente cercano a ellos. En nadie lo vemos mejor que              en María. La palabra del Crucificado al discípulo —a Juan y, por medio              de él, a todos los discípulos de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (&lt;i&gt;Jn&lt;/i&gt;              19, 27)— se hace de nuevo verdadera en cada generación. María se ha              convertido efectivamente en Madre de todos los creyentes. A su bondad              materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres              de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades              y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en              su convivencia. Y siempre experimentan el don de su bondad; experimentan              el amor inagotable que derrama desde lo más profundo de su corazón.              Los testimonios de gratitud, que le manifiestan en todos los continentes              y en todas las culturas, son el reconocimiento de aquel amor puro              que no se busca a sí mismo, sino que sencillamente quiere el bien.              La devoción de los fieles muestra al mismo tiempo la intuición infalible              de cómo es posible este amor: se alcanza merced a la unión más íntima              con Dios, en virtud de la cual se está embargado totalmente de Él,              una condición que permite a quien ha bebido en el manantial del amor              de Dios convertirse a sí mismo en un manantial «del que manarán torrentes              de agua viva» (&lt;i&gt;Jn &lt;/i&gt;7, 38). María, la Virgen, la Madre, nos enseña              qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. A              ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor:&lt;/p&gt;         &lt;/div&gt;       &lt;/div&gt;         &lt;blockquote&gt;          &lt;div class="textopapajustificar" style="text-align: justify;" align="center"&gt;           &lt;div style=""&gt;Santa María, Madre de Dios,&lt;br /&gt;            tú has dado al mundo la verdadera luz,&lt;br /&gt;            Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.&lt;br /&gt;            Te has entregado por completo&lt;br /&gt;            a la llamada de Dios&lt;br /&gt;            y te has convertido así en fuente&lt;br /&gt;            de la bondad que mana de Él.&lt;br /&gt;            Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.&lt;br /&gt;            Enséñanos a conocerlo y amarlo,&lt;br /&gt;            para que también nosotros&lt;br /&gt;            podamos llegar a ser capaces&lt;br /&gt;            de un verdadero amor&lt;br /&gt;            y ser fuentes de agua viva&lt;br /&gt;            en medio de un mundo sediento.&lt;/div&gt;         &lt;/div&gt;       &lt;/blockquote&gt;         &lt;div class="Section2"&gt;          &lt;div style=""&gt;            &lt;p class="textopapajustificar" style="text-align: justify;" align="center"&gt;Dado              en Roma, junto a San Pedro, 25 de diciembre, solemnidad de la Natividad              del Señor, del año 2005, primero de mi Pontificado.&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial; font-weight: normal;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;           &lt;h6 align="center"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;" lang="IT"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;img src="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/benedictoXVI/firma.gif" alt="Firma Benedicto XVI" height="69" width="237" /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h6&gt;         &lt;/div&gt;       &lt;/div&gt; &lt;/div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23839212-114203515305052632?l=deus-caritas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://deus-caritas.blogspot.com/feeds/114203515305052632/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23839212&amp;postID=114203515305052632' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23839212/posts/default/114203515305052632'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23839212/posts/default/114203515305052632'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://deus-caritas.blogspot.com/2006/03/deus-caritas-est-dios-es-amor.html' title='Deus Caritas est (Dios es amor)'/><author><name>Arquidiócesis Barranquilla</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09320164247482363267</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://img228.imageshack.us/img228/6842/escudo3djr2.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry></feed>
